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martes, 6 de octubre de 2009

Relato, Nuestras Pequeñas Amigas,Las Hadas


Se levantó a eso de las ocho, aun tintineaban sus párpados a la luz del alba y se encontraba entre la realidad y el sueño, la alegre y dulce fantasía, y la triste realidad que parecía amanecer. Como tantas otras veces en la mañana, eligió entre una de las dos puertas. Las demás veces el deseo había ganado a la conciencia y se zambullía de nuevo en el libro de los sueños, del que cada día encontraba una nueva historia por leer y, a la vez, olvidaba otras de antaño. Esta vez, sin embargo, le pudo más la fuerza y cruzó la puerta contraria.
Asomó la cabeza por la ventana y le sorprendió lo que vio. Llovía como nunca. Llovía y llovía, y pareciese que aquello no fuese nunca a acabar. La imagen que tenía ante si era la de cientos de casas escondidas bajo la lluvia, con la boca cerrada en un intento de no resfriarse. A lo lejos, un horizonte describía lo que estaba por venir. Se divisaba un cielo abierto, dispuesto a ser el paisaje por el que el sol brillara. Entonces pensó que no lo quedaba mucho tiempo. Quizá diez, quince minutos. No más. Se vistió con lo primero que pilló y bajo corriendo las escaleras.

Para él, la calle estaba desierta, no había nadie que perturbara su presencia, nadie que pudiese mirarlo con reproche y que lo hacia sentirse culpable. Y aunque en algún momento sintió tropezarse con un bache, alguien que lo había intentado detener en su camino, al mirar hacia atrás no veía a nadie. Así que siguió adelante, corriendo y gastando todas sus energías. Entre mucho de sus minúsculos saltos, dio de repente uno algo más alto que los demás. Aquello pareció un salto más sobre un charco. Cualquiera que hubiese observado la escena, habría pensado que su destino era pisarlo, y, en ademán de salvarse del agua, se habría apartado.

Pero no llegó a tocar el charco, por que entonces se elevó sobre los árboles con una fuerza inimaginable, sobre las casas que se alineaban bajo sus pies y parecían mover sus tejados a modo de saludo. Despidiéndolo, como si fuese su última vez en la tierra.

Volaba abiertamente, y sentía un cosquilleo mágico y reconfortante, que lo trasladaba a un lugar sin miedos, sin ninguna frontera que saltar, sin ningún sentimiento que lo desviara de volar con las hadas, y con quien él mas deseara. Sentir que las lágrimas desaparecían allá abajo donde la vida era de color gris, y los sueños amargos y llenos de resentimientos. Sentir que la magia existe, que brota entre las hojas de los árboles y pone rumbo al horizonte, que entra y sale de ti cuando más le apetece, que te mima y te adora cuando lo más lo necesitas, y que siempre esta ahí, solo si crees en ella. Aquel muchacho no había conocido el amor, pero sabia en lo más profundo de su corazón que no era comparable a todo aquello.

Seguía volando, cuando un rayo de sol lo despertó a la realidad. Todo aquello iba a desaparecer, las hadas escaparían volando bien alto y él solo podría caer hasta que la tierra le encontrara un lugar donde reposar. Lloraba, y no encontraba razón por la que volver a la realidad. Quería volver a sentir aquel cosquilleo y volar de nuevo. Lloraba, y no encontraba consuelo en la gente que lo rodeaba, atónitos ante su presencia. Quería que aquella gente se fuese, no quería su hospitalidad, ni su renovado amor. Lloraba como nunca antes lo había hecho, y eso le hizo recordar aquella lluvia. La que había escuchado momentos antes, aunque no sabia a ciencia cierta cuanto tiempo había pasado desde entonces, aunque el recuerdo se le presentaba lejano. La que le había hecho creer...

Paró de llorar. Se secó las lágrimas con la camisa, y cuando están desaparecieron por completo, también lo hicieron con ellas las preguntas y más preguntas formulada por aquellas personas que, para entonces, se habían esfumado. Reinaba el silencio a su alrededor, y parecía que el tiempo se hubiese parado solo para él, que por los siglos de los siglos su mirada se mantendría perdida allá donde mirara, formulándose miles de preguntas que no encontrarían respuesta alguna jamás. Y cuando su mirada encontrara fin y cerrara los ojos, entonces sabría que no habría vuelta atrás.

Pero algo lo despertó de sus pensamientos, se le puso la carne de gallina y sentía como le helaba el cuerpo de arriba a abajo. Miró a su mano y encontró una gota de agua, una pequeña amiga que le saco una sonrisa de donde no parecía haber nada. Poco a poco fue sintiendo el tacto de otras, y al rato estuvo rodeado por una densa lluvia. Miró al alto cielo y no encontró más que a una de las hadas, que le sonreía como el primer día y con un gesto le invitaba a acompañarla. Entonces volvió a comprenderlo todo de nuevo, aquello que había vuelto a olvidar al contacto con la realidad. Aquello que había descubierto al nacer y había sobrevivido en él gracias a sus sueños, aquello que rezaba que lo que existe en tu imaginación, si crees en ello con fuerza y con todo tu corazón, es, al fin y al cabo, lo que existe en la realidad.

Anónimo.

1 comentarios:

Madreselva dijo...

Me ha encantado este relato.
Saludos.

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